Acontecimientos históricos

Las ciencias sociales comprenden una parte importante del mundo en que vivimos. Se las puede encontrar en la administración social, la planificación gubernamental, el cálculo empresarial, la organización de la educación, la salud, el trabajo y los medios de comunicación. Sus marcos de referencia sustituyen, de modo desigual pero significativo, la influencia de la tradición y la religión. Ellas pretenden ser no solamente una forma de experimentar el mundo y de hablar de él. Se proponen fundamentalmente ser capaces de producir un conocimiento sistemático sobre la realidad social. Es decir, pretenden ser ciencias.

Aunque la preocupación por los problemas sociales puede remontarse a muchos siglos atrás, las ciencias sociales (con sus objetos de conocimiento definidos y sus planteos metodológicos) recién aparecen a fines del siglo XVIII y preponderantemente en el siglo XIX.
En cambio, el punto de arranque de las ciencias naturales es bastante anterior. Las transformaciones sufridas por la sociedad feudal y el desarrollo de la sociedad capitalista – cuyo comienzo puede ubicarse alrededor del siglo XV en las más importantes ciudades europeas - continúa ininterrumpidamente hasta su florecimiento en el siglo XVIII.

La nueva situación que se gesta en ese período operará sobre la problemática científica y servirá de telón de fondo a la constitución de las ciencias naturales tal como se las conoce hoy en día. “La propia organización nueva del mundo político económico fue la que impuso originales problemas a la investigación científica, apartándola de las discusiones generales, de orden metafísico, para vincularla a cuestiones concretas. Las obras de paz y de guerra, la canalización de los ríos, la construcción de puentes, la excavación de puertos, la erección de fortalezas, el tiro de artillería, ofrecen a los técnicos una serie de problemas que no pueden resolverse empíricamente y que exigen necesariamente un planteo teórico. Una importancia especial adquieren los problemas prácticos planteados por la navegación, que en aquella época debía afrontar nuevos viajes, cada vez más extensos, hacia las ricas tierras recientemente descubiertas”. (Geymonat, 1961).

A medida que la sociedad capitalista se afianza exige cada vez más, para su propio crecimiento, la aplicación técnica de los resultados de la ciencia. El carácter operativo de la ciencia, que se gesta conjuntamente con este proceso, favorece las posibilidades de dominio real sobre la naturaleza, dominio requerido por la necesidad de la burguesía naciente de apropiarse de modo más racional e intensivo del medio natural. (García Orza, 1973). “El desarrollo de la industria necesita los servicios del pensamiento científico y los logros alcanzados por este último deben traducirse en técnicas de aplicación. Es así como la industria cuenta ya (en el siglo XVIII) con un verdadero ejército de técnicos y profesionales al servicio de la producción.

Las aplicaciones de los descubrimientos de las ciencias puras (física mecánica) posibilitan la construcción de nuevas técnicas de procesamiento. El constante perfeccionamiento de máquinas y herramientas permiten una transformación radical en los volúmenes de producción requeridos como consecuencia de la ampliación de los mercados internos y del impulso adquirido por los mercados ultramarinos”. (García Orza 1973).
Así como las ciencias naturales son constitutivas del desarrollo de la sociedad capitalista a través de las aplicaciones técnicas derivadas de los avances científicos, a las ciencias sociales les corresponderá explicar los cambios que esta forma de sociedad impone a las relaciones que los hombres establecen entre sí.

Como una de las causas de las modificaciones importantes que se produjeron en el período histórico en que se inscribe el surgimiento de las ciencias sociales, es necesario mencionar a la Revolución Industrial, a mediados del siglo XVIII. La Revolución Industrial no consistió solamente en la incorporación de máquinas y técnicas que sustituyeron al trabajo humano tradicional, sino que fue un modo nuevo de producción, que provocó enormes cambios en la vida social. Para comprender la magnitud de esos cambios hay que tener en cuenta las características de la sociedad europea, para ese entonces.

Varios hechos de diversa índole contribuirán con su influencia a los cambios que sobrevendrán a finales de ese siglo:
- Por una parte, un notable crecimiento de la población. En el siglo XVIII se inicia un crecimiento acelerado de la población mundial, lo que produce una verdadera Revolución Demográfica. El número global de habitantes pasa de 700 millones en el año 1750 a 900 en 1800. En ello tienen mucho que ver los avances en medicina, así como las mejoras en las condiciones sanitarias que disminuyeron la incidencia de pestes en las ciudades. (Rioux, 1971).

La Revolución Agrícola: la incorporación de nuevas técnicas de producción permitirá pasar de una agricultura de subsistencia a una agricultura de mercado. (Rioux, 1971). - La acumulación de capitales: provenientes, en gran medida, del beneficio que brindaba el dominio colonial. - La concentración de mano de obra desocupada, provocada por la pauperización de los campesinos que, debido a las nuevas formas de propiedad y nuevas técnicas de producción agrícola, perdían sus tierras y todas sus pertenencias y deambulaban ofreciendo lo único que les quedaba, su capacidad de trabajo. - El lugar y el modo de producción. Las actividades industriales comienzan a diferenciarse: el negociante y el fabricante ya no son la misma persona, los trabajadores no trabajan en sus casas, con sus propios instrumentos, sino que se reúnen en una gran construcción, la fábrica, situada cerca del lugar de explotación de la materia prima, o de las fuentes de energía, como el agua, el bosque, etc. - La incorporación de nuevas técnicas e invención de máquinas, que revolucionarían la producción, incrementando prodigiosamente el rendimiento.

Los inventos se suceden en pocos años: máquina de hilar, máquina de vapor, telares mecánicos, trilladoras, locomotoras. Un ejemplo de las nuevas condiciones se encuentra en la metalurgia. Hacia 1750 , la producción metalúrgica en toda Europa se hallaba en un estado tan primitivo como en la Edad Media.
La pirita de hierro se beneficiaba en hornos pequeños con carbón vegetal y fuelles a mano. El primer adelanto en la fabricación de hierro fue la introducción de fuelles movidos con máquina de vapor.

Un fuerte impulso en la producción deviene de otra innovación: la inyección de aire a través del hierro fundido para que, absorbiendo oxígeno, se convierta en hierro maleable. De este modo, sólo en Gran Bretaña la producción de hierro se elevó de 17 mil toneladas en 1750 a 17 millones en 1861 y a 39 millones en 1839. Pero no sólo nuevas técnicas y grandes inventos permitieron estos cambios, sino también una nueva moral. La búsqueda de beneficio personal ya no es censurada, se valoriza la iniciativa privada, la racionalidad, la libertad individual y el derecho a la igualdad que proclama la Revolución Francesa (1789).

La Revolución Industrial incorpora a la industria, al volumen de la producción, al desarrollo del comercio, una serie de transformaciones que inciden, entonces, no sólo en lo económico, sino también en la concepción que los hombres tienen sobre la sociedad. A una concepción estática de la sociedad se le antepone una que privilegia el cambio y el movimiento. Cambio y movimiento que serán interpretados desde las ciencias sociales de muy diversa manera.
De este modo, las economías pre-industriales son arrojadas al mundo del crecimiento irreversible, bajo el efecto conjugado del llamado del mercado, de la iniciativa individual, de la atracción del beneficio y de las nuevas técnicas.

Esta atracción por aumentar el beneficio crea discriminaciones y explotaciones nuevas, que se amplifican cada vez más, pues el crecimiento es el imperativo absoluto para mantener la tasa de ganancia y responder a las necesidades del mercado, que las revoluciones agrícola y demográfica súbitamente han vuelto exigentes. Ese mundo vertiginoso de fábricas y talleres, donde impera la consigna de aumentar cada vez más la producción y abaratar su costo, dejará una impresión de horror justificado, pues la preocupación por aumentar la ganancia y la inexistencia de leyes y disposiciones sociales que le impusieran límites, llevó a crueles abusos, como el trabajo inhumano de mujeres y niños. Un ejemplo de ello lo brinda la ley que, recién en 1822, “redujo” a 12 horas diarias la jornada de trabajo de los niños, y se limitó el trabajo de mujeres en las galerías de las minas.

Los obreros, privados de lo necesario, se hacinaban en lúgubres viviendas en las periferias de las ciudades. Junto con los expulsados del artesanado y la agricultura, (esos miles de campesinos emigrantes echados de sus tierras por las nuevas técnicas agrícolas) sentarán las bases de una nueva clase social, el proletariado moderno, que subrayará de manera más nítida los conflictos de la sociedad. (Malthus y otros, texto n° 2). Precisamente, son estos conflictos los que motivarán la necesidad de un estudio sistemático de la vida social. En síntesis, las nuevas formas de desarrollo social, que generaron un campo de hechos que comienzan a ser estudiados por disciplinas particulares, constituyen el escenario en que surgen las ciencias sociales.